15.12.08

Merienda de locos


Alicia observaba absorta, desde el otro lado de aquella larga mesa, la merienda que ante ella se estaba celebrando. Hacía pocos minutos que había llegado a casa de aquel hombre y ya deseaba irse. No encontraba la razón de que aquel viejo loco y su horripilante mascota de orejas largas estuvieran tomando el té a todas horas, tal y como le estaba contando el anciano.
Alicia mojó una pasta en el té, no quería quedarse, pero tampoco ser mal educada. A su lado estaba sentado el gato de Chesire, que, manteniendo siempre la sonrisa, movía sus ojos de Alicia al Conejo, del Conejo al hombre del sombrero y volvía después a Alicia.
Pasado un tiempo, aunque no sabia muy bien cuanto, Alicia empezó a sentirse diferente. Una sensación indescriptible comenzó a llenarle de cosquillas el estomago, le erizó el vello y, como por arte de magia, ese almuerzo dejó de parecerle cosas de locos. El hombre del sombrero que parecía haber cambiado sus ropajes por otros mucho más limpios y mucho menos destartalados le habló con una voz grave y muy tranquila:

-Este té no es como el que tú conoces. Este té saca lo mejor, o lo peor, según se mire, de cada persona. Saca su verdadera naturaleza. Ahora, veamos la tuya.

Alicia miró a su alrededor. Sus tres compañeros le devolvieron la mirada, e incluso dos de ellos una sonrisa. El gato de Chesire se desvanecía poco a poco.
Alicia miró al único comensal que seguía serio, observando todo. Caminó hacia él. El Sombrerero sabía que no podría hacer nada para detenerla, así que siguió observando. Extrañado creyó escuchar una canción que manaba en susurros de los labios de Alicia.

-Alicia quiere tu sombrero. Alicia quiere tu sombrero.

Cuando casi puedo rozar sus labios con los suyos, el anciano esbozó una sonrisa.

-¿Quien está mas loco?¿El que se cree cuerdo, o el que predica su locura?

-Nadie.- Respondió Alicia.- Solo quiero tu sombrero.

Alicia le arrebato el sombrero de un manotazo, al tiempo que destrozaba su mandíbula con el otro brazo. Sangraba mucho. Sangraba tanto que se formaba un charco en el suelo, pero de entre sus dientes aún salió una última frase.

-Bendita locura.








Pd. Gracias a las escenas bizarras de Birlo y Peral, me ayudan a sobrellevar mi locura.