Las dos estrellas que iluminaban Mundo Makko, Quintalán y Grazen, se encontraban en su punto más alto, por lo que el grupo había hecho una parada para cobijarse y evitar morir achicharrados, ya que en ese punto ambos astros se unían en una masa candente de fuego que alcanzaba temperaturas inimaginables que obligaban a esconderse a quien estuviese expuesto a la luz. Cuando el peligro pasó el grupo siguió caminando.
Desde la partida se les habían unido otros grupos de guerreros, los Fsoh, Tgiz y los Varrm eran algunos de ellos. Klaate pudo distinguir a lo lejos el estandarte de los Grces, que avanzaba flotando mágicamente sobre la cabeza de un hombre que comandaba el grupo. Los Grces eran los curanderos de la comarca, desde pequeños eran entrenados para usar hechizos rápidos y precisos que les salvaran de situaciones peligrosas y salvaran también a sus compañeros, para saber usarlo en combate. Nadie sabía muy bien como lo hacían y había rumores numerosos y muy variados sobre cómo era, aunque el más creíble debido a las cicatrices que estos mostraban por todo su cuerpo era que a la temprana edad de 8 años eran expulsados del pueblo a su suerte, y los que sobrevivían eran enviados a luchar. Esto hacia que fueran valientes y eficaces en combate.
Una larga caminata después llegaron al anillo que era Chtlaá. Los cuchicheos y comentarios de asombro fueron en aumento, y es que era mucho más impresionante de todo lo que habían imaginado, era incluso superior a las historias que sobre el lugar habían escuchado, y como todo el mundo sabe en las historias se exagera mucho. Los muros de piedra se extendían hasta donde la altura, y el cuello, permitían mirar. Ante ellos se encontraba un enorme portón, y sobre él, y a lo largo de toda la pared, había miles y miles de ventanas que, protegidas por barrotes, dejaban que la luz entrase dentro de la fortaleza.
El emisario golpeó la puerta, que se abrió con un ruido ensordecedor de engranajes rozando entre sí, y de poleas bajando y subiendo. Cuando entraron, y antes de poder ver lo que dentro de aquella fortaleza había, Klaate se fijó en los pequeños goblings que habían accionado la apertura de la puerta. Pequeños bichos verdes vestidos con trapos viejos, y con la cara ennegrecida por el aceite que engrasaba los mecanismos, que saltaban por encima de las ruedas y se descolgaban de las cuerdas. Dentro de la fortaleza se extendía una complicada red de escaleras y superficies mágicas que subían y bajaban solas, personas de todas las tribus corrían por ellas ajetreadas, como si tuvieran prisa por llegar a algún lado o a hacer algo. Klaate no entendía lo que allí ocurría. El piso de debajo de la fortaleza estaba formado por un vasto mercado, repleto de comercios y pequeños locales, de donde la gente entraba y salía.
-Es por aquí, ¡seguidme! -. Increpó el emisario antes de que los hombres de las tribus tuviesen tiempo para asimilar todo lo que ante ellos se estaba desarrollando.
Fueron guiados por los pasillos de aquella fortaleza hasta llegar a un enorme salón repleto de mesas. Klaate no había visto tanta comida junta en su vida, las mesas estaban repletas de los mejores manjares conocidos y además en abundancia. Tuvo que reprimir su hambre para no lanzarse como un perro encima de toda aquella comida. Con aquel festín delante no se dieron ni siquiera cuenta de que el emisario ya no estaba, y de que la puerta del salón estaba cerrada. Nadie sabía qué estaba ocurriendo en aquella sala.
Los guerreros empezaban a impacientarse cuando una voz salida de ninguna parte les habló.
-Soldados de Chtlaá, sed bienvenidos.
Cuando la voz se calló, una luz al fondo de la sala ilumino un estrado en el cual se encontraban un grupo de ancianos, y al frente de todos ellos un hombre con un imponente aspecto y un bastón de mando en su mano derecha. Al tiempo comenzó a sonar una música y el hombre del bastón gritó:
-Comed bien, saciad vuestra hambre antes de poneros bajo mi mando, porque después no volveréis a poder saborear la comida.
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